Por el pájaro enjaulado,
por el pez en la pecera,
por mi amigo que está preso
porque ha dicho lo que piensa.
Por las flores arrancadas,
por la hierba pisoteada,
por los árboles podados,
por los cuerpos torturados,
yo te nombro libertad.
Gian Franco Pagliaro
La luz se asoma por la ventana, el reflejo de las copas de los árboles se dibuja en la pared de la habitación. A lo lejos puede escuchar los murmullos de la ciudad; sabe que es hora de levantarse cuando el sonido de las bocinas de los autos aparece. Sin embargo, permanece acostada un poco más; con los ojos cerrados como si no quisiera despertar. Suena la alarma del reloj, la hora ha llegado.
Sale de su departamento -uno de los muchos que hay en la unidad habitacional- lleva puesto su mejor vestido, el de las ocasiones especiales. Hace un día soleado pero aún así, al menos para ella, la tristeza lo ensombrece. Camina por las calles, con todo el pesar de sus años. Cada paso se hace más difícil. Es un día normal, en esta ciudad irreal.
- Un ramo de flores, por favor.
Las flores lucen hermosas, veinte girasoles como cada año. Al ver el ramo bellamente arreglado no puede dejar de sentir una profunda nostalgia. Pero aún no es momento de lamentaciones. Con el ramo de flores en mano sigue su camino. Cada vez le lleva más tiempo recorrer ese trayecto, pero es algo que ya ha dejado de importarle.
Las calles de la ciudad parecen tener vida propia: el vaivén de la gente, la esencia de cada lugar, el pasar de los carros, los juegos de los niños al salir de la escuela; las charlas, las risas… todo es un ajetreo constante. La gente pocas veces se detiene a mirar a su alrededor; nunca se ponen a pensar en el lugar dónde están parados, en los que estuvieron antes que ellos. Ese es un pensamiento que siempre viene a su mente al andar por la ciudad.
Cuando al fin vislumbra el destino, sus piernas, que empezaban a cansarse, sienten alivio. Le parece increíble que un trayecto tan corto como ese le cause tal agotamiento. Pero los años no vienen solos, traen consigo achaques y tristezas. Al fin llega a la entrada del panteón, se detiene un momento para tomar un respiro y secarse el sudor de la frente.
-Buen día, Doña Amelia, qué gusto verla- dice el portero del panteón.
-Como cada año Don Julio, aquí estoy otra vez- responde con una sonrisa apenas dibujada en el rostro.
Este es el momento más difícil del año, cuando entra a ese lugar lleno de tumbas y flores en búsqueda de aquella que le pertenece a Manuel, su hijo. Cuando al fin la encuentra un vuelco sacude su corazón: ver la tumba descuidada y sucia es algo que le produce un sentimiento de desolación, pero tampoco puede soportar la idea de ir más de una vez al año. El dolor, a pesar del tiempo, es insoportable.
Limpia la tumba cuidadosamente, con el amor propio de una madre. La hierba mala ha crecido alrededor en señal de descuido. Una vez que quita toda la hierba de raíz, coloca los girasoles en los floreros; sabe que son resistentes y aguantaran mucho ahí.
Terminada la labor, se sienta a contemplar el lugar donde yacen los restos de su hijo, al mirar aquella lápida no puede evitar recordar; han pasado tantos años desde que le quitaron la vida a Manuel de la manera más vil en Tlatelolco. Como si hubiera sido ayer, las imágenes vuelven una tras otra como en una película: la desesperación de buscar a su hijo en todas partes, la indiferencia de los policías, los gritos ahogados de otras madres, los llantos contenidos, los rostros de confusión, el cadáver casi irreconocible de su hijo en un frío piso de hospital.
-Al menos yo sé dónde estas hijito- dice con una voz débil, casi como un suspiro.
Amelia se queda un largo rato frente a la tumba de su hijo en silencio. No derrama ni una sola lágrima, parece que ya se le han acabado en todos estos años; ya ni siquiera siente rabia, ahora en su corazón se empieza a vislumbrar la esperanza.
Le hubiera gustado escribir un libro, para contar su historia y la de su hijo. Tiene la certeza de que el enemigo de la libertad es el olvido.
La libertad tiene un precio alto, se derraman lágrimas y sangre para conseguirla; es un camino arduo y doloroso el que se tiene que recorrer. Llevamos a cuestas la vida de aquellos que murieron por sus ideales, aquellos que con su sacrificio nos legaron un país libre. Si los olvidamos, perderemos de vista el verdadero valor de la libertad.
Si escribiera ese libro, daría testimonio del pasado, para que en el futuro nadie olvidara el costo que se ha pagado por ser libres. Pero ahora, en el ocaso de sus días, sabe que no tiene la fuerza para hacerlo. Sin embargo, la esperanza no morirá con ella, aunque su voz se calle, habrá otras más que resuenen alto.
Es momento de partir. Si la vida le alcanza, estará aquí el próximo año. Pero antes de irse, como un consuelo para el alma, lee una vez más el epitafio:
Los girasoles se marchitarán en un tiempo, esa es la ley de la vida. Pero tú hijo, vivirás por siempre, como un sueño, como un anhelo, como una voz de libertad.
Manuel Cabrera González
30 de septiembre de 1951-2 de octubre de 1968
Fin.
por el pez en la pecera,
por mi amigo que está preso
porque ha dicho lo que piensa.
Por las flores arrancadas,
por la hierba pisoteada,
por los árboles podados,
por los cuerpos torturados,
yo te nombro libertad.
Gian Franco Pagliaro
La luz se asoma por la ventana, el reflejo de las copas de los árboles se dibuja en la pared de la habitación. A lo lejos puede escuchar los murmullos de la ciudad; sabe que es hora de levantarse cuando el sonido de las bocinas de los autos aparece. Sin embargo, permanece acostada un poco más; con los ojos cerrados como si no quisiera despertar. Suena la alarma del reloj, la hora ha llegado.
Sale de su departamento -uno de los muchos que hay en la unidad habitacional- lleva puesto su mejor vestido, el de las ocasiones especiales. Hace un día soleado pero aún así, al menos para ella, la tristeza lo ensombrece. Camina por las calles, con todo el pesar de sus años. Cada paso se hace más difícil. Es un día normal, en esta ciudad irreal.
- Un ramo de flores, por favor.
Las flores lucen hermosas, veinte girasoles como cada año. Al ver el ramo bellamente arreglado no puede dejar de sentir una profunda nostalgia. Pero aún no es momento de lamentaciones. Con el ramo de flores en mano sigue su camino. Cada vez le lleva más tiempo recorrer ese trayecto, pero es algo que ya ha dejado de importarle.
Las calles de la ciudad parecen tener vida propia: el vaivén de la gente, la esencia de cada lugar, el pasar de los carros, los juegos de los niños al salir de la escuela; las charlas, las risas… todo es un ajetreo constante. La gente pocas veces se detiene a mirar a su alrededor; nunca se ponen a pensar en el lugar dónde están parados, en los que estuvieron antes que ellos. Ese es un pensamiento que siempre viene a su mente al andar por la ciudad.
Cuando al fin vislumbra el destino, sus piernas, que empezaban a cansarse, sienten alivio. Le parece increíble que un trayecto tan corto como ese le cause tal agotamiento. Pero los años no vienen solos, traen consigo achaques y tristezas. Al fin llega a la entrada del panteón, se detiene un momento para tomar un respiro y secarse el sudor de la frente.
-Buen día, Doña Amelia, qué gusto verla- dice el portero del panteón.
-Como cada año Don Julio, aquí estoy otra vez- responde con una sonrisa apenas dibujada en el rostro.
Este es el momento más difícil del año, cuando entra a ese lugar lleno de tumbas y flores en búsqueda de aquella que le pertenece a Manuel, su hijo. Cuando al fin la encuentra un vuelco sacude su corazón: ver la tumba descuidada y sucia es algo que le produce un sentimiento de desolación, pero tampoco puede soportar la idea de ir más de una vez al año. El dolor, a pesar del tiempo, es insoportable.
Limpia la tumba cuidadosamente, con el amor propio de una madre. La hierba mala ha crecido alrededor en señal de descuido. Una vez que quita toda la hierba de raíz, coloca los girasoles en los floreros; sabe que son resistentes y aguantaran mucho ahí.
Terminada la labor, se sienta a contemplar el lugar donde yacen los restos de su hijo, al mirar aquella lápida no puede evitar recordar; han pasado tantos años desde que le quitaron la vida a Manuel de la manera más vil en Tlatelolco. Como si hubiera sido ayer, las imágenes vuelven una tras otra como en una película: la desesperación de buscar a su hijo en todas partes, la indiferencia de los policías, los gritos ahogados de otras madres, los llantos contenidos, los rostros de confusión, el cadáver casi irreconocible de su hijo en un frío piso de hospital.
-Al menos yo sé dónde estas hijito- dice con una voz débil, casi como un suspiro.
Amelia se queda un largo rato frente a la tumba de su hijo en silencio. No derrama ni una sola lágrima, parece que ya se le han acabado en todos estos años; ya ni siquiera siente rabia, ahora en su corazón se empieza a vislumbrar la esperanza.
Le hubiera gustado escribir un libro, para contar su historia y la de su hijo. Tiene la certeza de que el enemigo de la libertad es el olvido.
La libertad tiene un precio alto, se derraman lágrimas y sangre para conseguirla; es un camino arduo y doloroso el que se tiene que recorrer. Llevamos a cuestas la vida de aquellos que murieron por sus ideales, aquellos que con su sacrificio nos legaron un país libre. Si los olvidamos, perderemos de vista el verdadero valor de la libertad.
Si escribiera ese libro, daría testimonio del pasado, para que en el futuro nadie olvidara el costo que se ha pagado por ser libres. Pero ahora, en el ocaso de sus días, sabe que no tiene la fuerza para hacerlo. Sin embargo, la esperanza no morirá con ella, aunque su voz se calle, habrá otras más que resuenen alto.
Es momento de partir. Si la vida le alcanza, estará aquí el próximo año. Pero antes de irse, como un consuelo para el alma, lee una vez más el epitafio:
Los girasoles se marchitarán en un tiempo, esa es la ley de la vida. Pero tú hijo, vivirás por siempre, como un sueño, como un anhelo, como una voz de libertad.
Manuel Cabrera González
30 de septiembre de 1951-2 de octubre de 1968
Fin.
